El padre Lamberto Lalung nos pide que asistamos a la misa de jueves santo en la Iglesia de El Manzanal. Lo ha decidido la comunidad. La experiencia es vital y nos contacta con la despedida de Cristo de sus discìpulos, a quienes lava los pies antes de la cena en que consagrarà el pan y el vino, como su cuerpo y sangre para permanecer entre nosotros. El va a la muerte por la salvaciòn eterna. Horas difìciles, sabe que uno lo traicionarà y otro lo negarà antes que cante el gallo. Se recoje al huerto de Getsemanì y como "Dios hecho hombre", le pregunta al Padre ¿por què me haces esto? Al amanecer comenzarà el Vìa Crucis, su detenciòn, tortura y muerte.
La comunidad del Manzanal es una colectivo cristiano con fe viva y abierta. Hay acòlitos hombres y niñas, el coro es multitudinario con jòvenes y adultos mayores, dos laicos leen un un libreto que va contextualizando los actos rituales, la comuniòn no la entrega sòlo el sacerdote, tambièn dos hombres y mujeres de la feligresìa...el incienso y el canto del sacerdote lo inundan todo.
Hace muchos años (1978), una vez el Obispo Alejandro Duràn nos lavò los pies, porque los doce discìpulos fuimos los doce acòlitos de la catedral. Entonces, adolescentes, estuvimos al borde de la risa. Esta vez, el padre Lalung con la mìstica del misionero- proviene de Indonesia, un paìs mayoritariamente musulmàn-, prefiere lavar las manos, porque con ellas se puede "robar, golpear a la mujer, desear lo ajeno".
Los "discìpulos" somos una enferma, jòvenes, ancianos, un minero, una madre soltera, un polìtico...y leyendo el libreto, se recuerda a Juan Pablo II pidiendo que sean servidores, que se alejen de la vanidad, que busquen el bien comùn. La comunidad, en su sutileza, nos interpela, pero tambièn nos hacen parte de un mismo cuerpo.
Sòlo gratitud a una bella experiencia en la horas de la fraternidad, la duda y el dolor de Cristo, nuestro Señor.

