
Todo fue sacramental, chilenísimo, religioso y familiar. También histórico (yo tenía que hacerla en septiembre del 73 y me la postergaron para el 74, recordè).
Hacer la primera es "iniciarse por sí mismos en la fé". El bautismo es cosa de la familia, pero la Primera Comunión se entiende más deliberativo (como Jesús que habló a los 12 años en el Templo, en la tradición judía).
Mi hijo Gregorio estaba radiante, acompañado de Joaquín. Llegamos más temprano y siete fotógrafos se lo pelearon en la Plaza del Instituto O`Higgins para la imagen de rigor (uno, incluso, llevó una cruz, que sorportó con cara de ángel).
Con Mauricio Astudillo y el Hermano Pablo Martínez alcanzamos a fumarnos un cigarrillo y alegrarnos de los relieves que adornan la capilla con un Jesús Alegre con la Sagrada Familia (el Dios de la Vida, acogedor y no castigador). El padre Luis Escobar anduvo bravo como de costumbre con el tema social, pero puso cara de guagua disfrutando tirarle el agua bendita a los comulgantes. El Hermano Director, Jesús Triguero, le habló más los niños.
Después los abrazos y las fotos, como esta con Gregorio y su padrino, el Pato Zúñiga, geólogo, rockero (celebró su Grupo Nieves, la mejor reliquia del hippismo rancagüino). El Pato es budista con raíz cristiana (hay muchos, como el superior jesuita Arrupe, que usaba la meditación Zen). Lo bromeamos de no ir al catecismo; felizmente, su madrina, Isabel Pallamar, apechugó con las charlas por los caminos "de la fé".
Luego, a intercambiar los santitos de recuerdo y el almuerzo familiar. Un alto en tiempos de campaña. Ahora, Gregorio podrá recibir la comunión, que es la experiencia vital para quienes creemos en Cristo, el cordero de Dios que se encarnó y se sacrificó por la redención de todos.