
(Fotografía que nos comparte Lucio Zúñiga, quien estudió con Carlos en el Instituto Inglés).
Hace unos días, leí a Sergio Ramírez, el escritor y ex ministro nicaraguense, que evocaba a "El Principito" de Saint-Exupery, recordándonos que en el mundo racionalista en que vivimos, en el desierto ácido de la agresividad, al piloto francés se le apareció en su imaginación ese niño bello, esteta, que cuidaba una flor en su pequeño planeta y que hablando con el zorro y lo invitaba a criar amigos.
En Rancagua teníamos nuestro Principito y se murió este domingo. Carlos Berríos deambulaba por la ciudad con su rostro griego, perfecto, su nariz dibujada por Dios, y su alegría indescriptible. Todo lo que tocaba lo convertía en arte. El Hotel España, allí en calle San Martín, luce su gusto clásico, por las estatuas blancas, el cuerpo de David, las columnas jónicas o dóricas, los ángeles, querubines y los adornos etruscos. Muchas casas y algunos pubs conocieron de su gusto, de su mano que colocó belleza a la ciudad gris.
Vivió con libertad y dignidad su condición humana, su modo, aunque sufriera insultos cuando se vestía de Principito o de Penólope.
En 1993, cuando nos empeñamos en ser una de las sedes de un mundial de Teatro, Carlos laboró junto a un elenco de artistas locales que dieron vida a una glamorosa versión de la "Zapatera Prodigiosa". Allí, con María Eugenia Bazán, María Teresa Petric, Alejandra (mi esposa), colaboraron con el vestuario de los actores de siempre; Evaristo, Ximena Nogueira... luego Silvia Santelices, el "Maleta" Méndez, tantos.
Amó el Teatro, al grupo Tiara, la Casa del Arte, hasta hacerse actor en la versión rancaguina de la "Pérgola de las Flores". Su amiga, Ximena, me relata el secreto tras el sepelio del lunes. Cuando todos se retiraron, le cantaron, abrieron una botella porque él, en alguna noche lejana, pidió que brindaran el día de su muerte. Le cantaron, lloraron y corearon su interpretación del estilista en la Pérgola: "Je suis Piere, le peluquier".
El martes muy temprano, antes de marchar a Valparaíso, pasamos al Hotel España. Dos mujeres desoladas nos contaron de sus últimas horas, de su saludo coqueto tras el ventanal antes de ir a dormir y beber un vodka.
Carlos se fue solo, como el Principito en su propio planeta. Pero nos deja un legado enorme; la belleza, la amistad, la autenticidad son posibles, aunque ya no esté el hombre de rostro bello de niño, quien nos dejó un amanecer de invierno para susurrarnos: "sigan creando lazos, domesticando zorros, regando flores, buscando otros planetas, mirando a lo alto"...El está por allí, con su capa azul, enviándonos un beso.


Que mas?
Pati T.
...Quien no comprende una mirada, no comprenderá una explicación...