El sábado comencé con el bautizo de mis sobrinas Emilia y Matilde, siendo padrino de la última, quien con su hermana, vestidas de blanco, estuvieron atentas a las palabras del padre Ernesto Castro. Sí, el bautizo de las hermanas Valenzuela Muñoz fue con ojos abiertos, mirada diàfana, sonrisa suave, ante el cura amable que las ungiò con aceites para señalar en la cruz que eran "sacerdote, profeta y rey (reinas)", allá en Coinco, junto a un jardín de "parrroquia de campo" donde entre pataguas y araucarias, lucen los laureles en flor y las calas amarillas. Toda la familia, con sus padres, Alexis y Anita, sabíamos de la importancia de la iniciación en la fe que nos da sentido, en las manos de un sacerdote que fue formador, a quien se escucha su palabra y sonríe para señalar caminos de convivencia.
El domingo fue la primera comuniòn de Pedro y Arturo, los mejores amigos de mis hijos Gregorio y Joaquìn. Todo comenzó cuando de ir a misa de vez en cuando, no podían comulgar. Al Padre Pedro le pedì flexibilidad para la catequesis. "Prepárelos", interpeló. "Si yo soy pecador", dije. "Hàgalo", espetó.
"¿Hasta cuàndo jode, tìo", me alegò Pedro. Las clases fueron breves charlas a la esencia: hay un Dios, nosotros creemos en Cristo que es Dios con nosotros, que predicò el amor, y que pidiò recordarlo en el signo del pan y el vino de la común uniòn. A Arturo, Gregorio y Joaquìn, le hicieron un test, entre preguntas y risas; desde quiènes eran los abuelos de Jesùs, hasta por què muriò en la Cruz si era el hijo de Dios.
Al final, habìa que instarlos al sacramento de la reconciliaciòn (confesiòn) con el padre Pedro, previo a la misa. En el apronte, casi no habìa pecado; no le habìan sacado plata a la mamà, a Pedro le gustaba una niña (pero eso no es pecado, por cierto), algunas rabietas y peleas de hermanos, signos de egoìsmo como en toda vida. Y quizàs què cosa que es el secreto de la conversaciòn con el cura y que nuestro blog desconoce.
Pero fue fantàstico. La pequeña capilla de madera de Nogales iluminada por la sonrisa de la abuela, el coro que da solemnidad, el sacerdote con su misticismo "concreto" y los niños, junto a una joven, recibiendo su comuniòn delante de la comunidad.
Por la tarde, junto a Sebastiàn y Anita de la Oficina Parlamentaria, fuimos a la poblaciòn Dintrans, aledaña al Rìo Cachapoal, donde junto al padre Lamberto Lalung y muchos voluntarios, convivimos con los pobladores, jugamos y luego se diò onces y regalos a cincuenta niños. "Jesùs naciò en un pesebre y fue pura entrega", recordò el cura. Raquel y muchas mamàs mostraron su buen humor y cariño por los niños.

Signos de fe que nos conmueven al final del año y nos vivifican.

