Se nos viene la Semana Santa y en nuestras manos cae un libro de poemas de Guillermo Valenzuela, "Poemas Divididos", en que desliza sus propios calvarios por allá en torno al año 2000. Guillermo vivió en su juventud en Rancagua, en una casa de cristales e historia alegre en Calvo con Millán, donde alguna vez le escuché con una copa de vino maldecir a Neruda "por haberlo escrito todo". El prefería a los poetas de la duda, sin estridencia, cosmopolitas y existencialistas, como Enrique Lihn, y qué decir de Ginsberg, Rimbeau y otros "malditos".
Guillermo escribió un poema que me conmovió. La imagen del Señor "humanizado", como el Cristo débil en el Huerto de Getsemaní, que nos habla de toda vida cuando parece topar fondo. En su brutalidad el poema es un grito de auxilio, al menos en mi interpretación. El poeta quiere que el Hijo de Dios sea tan humano como él, aparentemente lo vulgariza, pero lo busca y lo quiere en la búsqueda de sentido... No encuadro más los versos de Guillermo y se los comparto en esta sección de cultura y religión, que no es otra cosa que re-ligarse con el misterio de la vida, el Dios, que está allí, esperándonos al final de una noche sombría:
Fin de Semana
Cristo resucitado golpea a mi puerta
con una resaca de dos mil años.
Me pide unas monedas para seguir chupando.
Es arduo predicar en el desierto y caminar sobre
las aguas
sin un aliciente que circule por la sangre.
Más allá los apóstoles zizaguean entre los olivos
escupiendo el cuesco de las aceitunas.
Bendice con la mirada perdida las monedas en
mi mano
y continúa golpeando puertas,
profanando imágenes sagradas por el puro placer
de llenarlas de sentido.
