CHILE duro: ¿CÒMO VENCER LA PRESICRACIA el 2012?
Por Esteban Valenzuela Van Treek
(Magister en Ciencia Política, en Desarrollo y Doctor en Historia de la U. de Valencia)
La antigua tesis de Claudio Véliz sobre el atraso latinoamericano lo atribuía al presidencialismo centralista, que aquí bautizamos como presicracia, de países que no sobrepasan el pasado absolutista y viven, con idas y venidas, sistemas donde grupos quieren el control del poder, con miedo a dispersarlo, a empoderar a otros, a dialogar en parlamentos plurales, con menosprecio por las provincias, los indígenas, las minorías, y batalla permanente con las oposiciones. No se puede ser vencidos, Hay que ser duros. Por eso, en Chile, no hay descentralización, no hay Congreso proporcional, no hay poder indígena, no hay lógica de negociación sustantiva con las oposiciones, lo que implica abrirse a la “verdad del otro”. Piñera está atrapado en eso; hace gestos, guiños, pero no ocurre nada, hay cosmética de políticas pequeñas, pero no hay reforma alguna el régimen de fondo, a la dureza chilensis.
Esto es antiguo y repaso ideas de un artículo que nos pidió FLACSO del Ecuador y que son atingentes.
Los ideólogos de la institucionalidad pinochetistas (el movimiento “gremial”de Jaime Guzmán) idearon una regionalización meramente desconcentradora, municipios “orgánicos” con consejos sociales designados indirectamente, y una Constitución presidencialista, centralista y tutelada por el empate de los dos bloques en el binomina (aùn màs eficiente que el tutelaje militar).
La Concertación no quiso modificar este régimen político, que llamaremos “presidencia-centralista” abocándose en la transición sólo a eliminar la exclusión legal del PC (1989) y de algunos enclaves autoritarios (2005). De este modo, la Concertación fue refractaria a las corrientes descentralizadoras y parlamentaristas de la socialdemocracia y la democracia cristiana europea, adoptando la tradición presidencial-centralista reforzada por el autoritarismo, lo cual ha inhibido tendencias a la dispersión del poder.
Ingenuamente se pensó que con la nueva ola democratizadora vendría un movimiento en los partidos a favor de las “soluciones mixtas” que politólogos como Giovanni Sartori propician en las múltiples fórmulas para equilibrar el presidencialismo. Desde los minoritarios grupos aperturistas de derecha liberal, voces como el constitucionalista José Luis Cea, condenaron el “presidencialismo reforzado” de la constitución pinochetista, propugnando tanto el semipresidencialismo como una fuerte descentralización “política y no sólo administrativa- judicial”.[1] Francisco Cumplido, Ministro de Justicia del gobierno de tranisicón del Presidente Patricio Aywin, esboza una crítica al régimen político, aunque dicho gobierno no tomara acciones en esa dirección. El ministro Demócrata Cristiano llega a calificar de cesarista el excesivo presidencialismo: “Nos formamos la convicción de que la institucionalidad de los gobiernos presidenciales en América Latina se desarrolla entre la tensión de fortalecer el poder de un Presidente de la República para gobernar naciones no totalmente integradas y el miedo de que se transformen en dictadores, en tiranos. En síntesis, opción por el cesarismo legal”.[2]
El espejismo de los rankings internacionales
A Chile lo marea el que le vaya bien en algunas mediciones internacionales, que lo ponen alto en sus niveles de gobernabilidad. Pero hay que ser críticos y cuestionar. Veamos: Según el profesor Peter Smith, [3] nuestro país sería uno de los cuatro en que existe una auténtica democracia liberal en el continente, a diferencia de aquellos que serían “democracias iliberales”, en que se realizan elecciones pero no se respetan los controles, los derechos individuales ni la separación de poderes. Smith cuestiona ciertas restricciones al pluralismo informativo en Chile- como la censura de libros en la transición-, pero luego no atiende la persistencia de senadores designados, el tutelaje militar, el sistema electoral excluyente, el parlamento débil y el caso extremo de centralismo chileno. Si la clásica “poliarquía” de Dahl quiere connotar la dispersión del poder para que la democracia sea “el gobierno de muchos”, la distinción de “iliberal” quiere marcar en Smith la falta de controles al poder en sistema semidemocráticos en América Latina. Pero Chile es raro; hay controles, baja corrupción relativa y capacidad de los medios y la Justicia de investigar y sancionar a políticos oficialistas.
Sin embargo, algunos gobiernos acusados de “iliberales” por molestar la prensa opositora y menguar una auténtica competencia electoral- el PRI mexicano hasta los 90s y Chávez hoy-, sí permitieron aperturas democráticas territoriales. El PRI aceptó en su apertura la elección de gobiernos regionales, incluyendo un alcalde mayor de Ciudad de México opositor, como Chávez permite elecciones de gobiernos regionales de donde provino su contendor en las elecciones del 2006. En cambio, el paradigma de democracia “liberal” que sería Chile sigue nominando todas las autoridades regionales y no acepta la elección en la mega ciudad de Santiago de un gobierno metropolitano diferenciado del Gobierno central. Esta hipercentralización ha comenzado a mostrar el rezago institucional de Chile y sus dificultades en transporte, segregación urbana, medio ambiente y seguridad ciudadana, entre otros tópicos críticos.
El bonapartismo revestido de “progresismo”
La presidencia-centralista no es sólo una herencia de la dictadura ni parte de la tradición centralista chilena. Tiene su expresión concreta en el estilo iluminista de corte jacobino-bonapartista de las elites izquierdistas y el estilo asistencial-paternalista de la Democracia Cristiana, que abandonó su ímpetu reformista de los años sesenta. De otra manera no se explica el interés por la presidencia, el uso extendido de la reproducción de un poder parlamentario ligado a cargos en el Gobierno central que facilitan gestiones a un estilo clientelar, el mismo que diagnosticara Arturo Valenzuela en la vieja política centralista chilena, cooptada por “brokers” hacia el centro.[4]
Las elites “progresistas” no perciben su profundo desprecio a la capacidad de otros (que puede ser un alcalde mayor de la “oposición”, por cierto, en una cultura democrática) Veamos lo que nos dice el clásico Diccionario de Bobbio y Matteucci, en una espléndida definición de bonapartismo dada por Vittorio Ancarini:[5]
“Con este término la ciencia política indica el fenómeno de la “personalización del poder” y el predominio de elementos carismáticos que concentran la legitimidad del poder del estado en la personalidad del jefe, que se presenta como representante del pueblo-nación. El bonapartismo se refiere, pues, a las formas de legitimación del poder estatal. En los estados modernos, caracterizados por la articulación del poder legislativo y del poder ejecutivo, el bonapartismo está ligado al predominio del ejecutivo sobre el legislativo, a la “independencia” que el poder del estado parece asumir frente a las clases y a la sociedad civil. El bonapartismo se basa en la tendencia de las sociedades burguesas modernas a alcanzar, aun en la superestructura política e institucional, la consolidación y la centralización del poder”.
El subdesarrollo político chileno en su dimensión democratizadora y descentralizadora comienza a ser agenda al entenderse las razones políticas semi-autoritarias de un sistema que genera estructuralmente paternalismo, desmovilización de las energías regionales, resentimiento de los pueblos indígenas y crispación política permanente ante el híper poder presidencial. -
Colofòn final: Esperanzas del nuevo tiempo
Pero viene un año político clave en sus primeros meses de un año especial, al menos para los mayas es el fin de una “cuenta larga” y el comienzo de otra de 5200 años que podríamos- condicional, nada de fatalidades ni determinismos- encaminar hacia más democracia, fraternidad y el camino verde de la amabilidad ambiental.
Soñemos entonces: Piñera promueve reformas consensuadas y elegimos intendentes, vamos a un sistema proporcional moderado, hay plebiscitos, se da representación política a los pueblos originarios…y el presidencialismo con su dureza disminuye, y nacen otros focos relevantes de poder…El país se amabiliza.Pero escribió un comentarista, parece que hacemos poesìa y oraciones, màs que análisis político. Al menos, que quede escrito.
[1] CEA, José Luis. Presidencialismo reforzado, críticas y alternativas para Chile. En: GODOY (idem).
[2] CUMPLIDO, Francisco. Análisis del presidencialismo en Chile. En: GODOY (idem: 119).
[3] SMITH, Peter H. Democracy in Latin America: political change in comparative perspective. Oxford, Oxford University Press, 2005.
[4] VALENZUELA, Arturo. Political brokers in Chile: local government in a centralizad polity. Durham, Duke University Press, 1977.
[5] BOBBIO, Norberto y MATTEUCI, Nicola. Diccionario de Política. México, Siglo XXI Editores, 1982 p.174
